Cuando me enteré de que Claudio Tolcachir era el director de la obra La omisión de la familia Coleman, programada en los Teatros del Canal, no dudé ni un segundo en que debía ir a verla. Hace dos años tuve la suerte de disfrutar de otro montaje dirigido por Tolcachir, Tierra del Fuego, y me dejó tan impactada que supe que no me podía perder este nuevo trabajo. Y es que La omisión de la familia Coleman trata de un tema que toca muy de cerca a cualquier persona: la familia. ¿Cómo debe ser una familia? ¿Existe la familia perfecta? ¿Es acertado aquel manido refrán que afirma que en todas las casas cuecen habas? En todas no sé, pero está claro que en la de los Coleman sí.

No voy a negar que cuando comenzó la obra me sentí un poco desubicada. El espacio en el que se movían los actores estaba lleno de trastos (sofás, un tendedero…) y reinaba un desorden que casi agobiaba al espectador. A ese caos espacial hay que sumarle el hecho de que haya personajes que hablan a la vez sobre temas tan mundanos como que hace falta comprar champú o que el mechero ha desaparecido. No se necesita mucho más tiempo para comprender que La omisión de la familia Coleman narra el día a día de una familia humilde, desestructurada, y en la que cada miembro parece competir por ser el más estrambótico de todos.

Con todo, deduje pronto que este espectáculo en nada se asemejaba a aquella otra obra de Claudio Tolcachir que yo había visto, lo que no hace más que subrayar la maravillosa versatilidad de este director argentino. Sin embargo, sí hay un pequeño recurso a nivel técnico que mantiene en ambos trabajos, y es que un personaje permanezca en escena sin tomar foco cuando no participa en ella.

Otro de los aspectos que me gustaría destacar es que La omisión de la familia Coleman conserva la esencia del teatro off, no en vano nació en el Teatro Timbre 4 del barrio de Boedo (Buenos Aires), en el bajo de un edificio. Con esto me quiero referir a que se palpa que es un montaje concebido para ser representado ante un grupo reducido de espectadores, lo que no significa que pierda valor en un teatro más grande. Tal ha sido el éxito de La omisión de la familia Coleman que ha recorrido 22 países y se han realizado más de 1900 funciones, que ya es decir.

Pero bueno, vayamos al argumento y a los personajes. ¿Cuántas familias tienen como pilar a una abuela todopoderosa en la que todos se apoyan? La actriz Cristina Maresca interpreta a esa abuela bondadosa, fuerte y no exenta de un gran sentido del humor que cautiva al público desde el primer momento. El resto de la familia la componen una madre que no ha tenido suerte en la vida y que parece una niña grande, y unos hijos peculiares donde los haya. Miriam Odorico encarna a Memé, esa madre que suscita una mezcla entre lástima y repulsión, y que nos lleva a preguntarnos qué circunstancias pueden conducir a una madre a separarse de sus hijos.

Los demás hijos tampoco tienen desperdicio: Verónica (Candela Souto Brey), la hija con dinero; Gabi (Macarena Trigo), la que aporta algo de sentido común; Damián (Diego Faturos), el despegado; y, cómo no, Marito (Fernando Sala), otro niño grande que se ha llevado la peor parte sin lugar a dudas. Las figuras del médico (Jorge Castaño) y de Hernán (José Frezzini) suponen ese punto de “normalidad” que esta familia que parece sacada de Marte necesita.

La omisión de la familia Coleman, bajo esa pátina de comedia y banalidad, ofrece al espectador mucho sobre lo que reflexionar. Ya es responsabilidad del público quedarse solo con lo superficial o ahondar en el verdadero mensaje de la obra.